viernes, 24 de enero de 2014

DES-AMOR

Amor (Del lat. amor, -ōris).
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

O, lo que vienen a ser maripositas en el estómago, puñetazos en el corazón, ceguera ocasional y actividad cerebral cero. 
Nacemos y crecemos programados para vivir de amor, entre princesas y ranas, carrozas, zapatos de cristal, caballos blancos, palacios de colores, amores eternos y finales felices. Y al final, bajamos rodando las escaleras mecánicas del metro gracias a 39,99€ de tacón de Zara; y lo que es peor, está “en linea“, lo ha leído, y no contesta. Y claro, empezamos a creer que de desamor se muere.

Lo malo de las historias de amor, es que no tienen un final feliz. Nunca. Incluso la muerte acaba con los que “se aman para siempre“. Para mi, el amor siempre fue un poco como las cremas antiarrugas. Tu inviertes e inviertes en ellas, y al final, ni “total effects“, ni “porque yo lo valgo“. Las arrugas crecen conforme tu cuenta de ahorros se vacía.
Tiempo y dedicación en algo que inevitablemente termina desgastado, saturado y roto. ¿Y que nos queda? Pues, siempre nos quedará el botox, pero en su defecto nos queda el helado de Hacendado, canciones de Alejandro Sanz y el Diario de Noa, para sobrellevar la autodestrucción, nuestro querido amigo el tiempo, que todo lo cura, y blablabla... Días, copas, semanas, lágrimas, meses, o años después, dejamos de comer helado y nos comemos el mundo. La almohada está seca de lágrimas, el primer pensamiento al despertar vuelve a ser maldiciendo el despertador, los pájaros cantan, la vida continua y es maravillosa, llena de oportunidades, medios limones, medias peras, manzanas, kiwis… ¿Medias naranjas? Somos naranjas enteras e independientes… Y, en fin, uno aprende que el único final feliz son los finales de las historias de desamor. Y que son más fáciles otros 39,99€ en Zara, que esperar a que te devuelva tu zapato un príncipe rojo, azul o verde, sin IVA, pero con cuento de hadas incluido. Aun así, todo eso luego se olvida, y uno vuelve a tropezar con L'Oréal, con “el amor de su vida“, y con otra piedra, o con la misma. Y al final, tras vagar por la vida sobre unos zapatos de Gucci, de cristal o de Primark, todos morimos. Más o menos arrugados y con el corazón más o menos desgastado, pero ni de amores se vive, ni de desamores se muere.